jueves, 28 de febrero de 2008

Palabras por las bellas artes


En materia de cultura, como en otros ámbitos, Xochimilco es muchos Xochimilcos. La enorme riqueza histórica, tradicional, artística y cultural que le ha merecido un lugar relevante en el mundo representa al Xochimilco esencial. Compuesto sin embargo a su vez por varios Xochimilcos.
En materia de políticas culturales la tendencia ha sido seguir la inercia de esa parte fundamental de nuestra cultura. Nuestros políticos han encontrado cómodo subirse en el tren de la tradición, donde el pueblo es el principal organizador, el artífice y el protagonista. Lo acabamos de constatar, una vez más, de manera rotunda con la vitalidad de la fe y prácticas en torno del Niñopa y la Virgen de los Dolores. Lo vamos a ver, una vez más, en unas semanas en la versión contemporánea de La Flor más Bella... En este lugar mágico donde esa parte de la cultura se vive de tal modo se crea la ilusión óptica de que se hace lo que hay que hacer y que es mucho. Peor aun, que se trabaja de la mano de la gente y se hace lo que la gente pide y necesita.
Es indudable que hay que hacer eso y más. Una parte indiscutible de las tareas gubernamentales en el campo de la cultura es el rescate, la preservación y el fomento de las tradiciones y costumbres, de todo aquello que puede enmarcarse en el rubro de las culturas populares, que atañe a nuestra historia e identidad, aquello que nos distingue del resto de la ciudad de México, del resto del país y del mundo. Sin embargo, incluso en ese ámbito es claro que no se ha hecho todo lo que debe hacerse. La noción de patrimonio intangible, promovida en la última década por la UNESCO y que en Xochimilco tiene una presencia notable, no sólo no ha sido entendida y asimilada a los programas de cultura sino requiere de proyectos y acciones urgentes, entre ellas la creación de un programa editorial mediante el cual se organice, clasifique, publique y difunda ese tesoro escondido. El conocerlo será una manera de empezar a tomarlo en cuenta y estimular su cuidado y aprovechamiento en beneficio de sus herederos, recreadores y continuadores, los xochimilquenses. Otra faceta de nuestra historia más antigua, poco entendida y más ausente de los actos públicos, no de los discursos, es nuestro pasado indígena y sus manifestaciones. Muestra de ello es la lucha encomiable de decenas de ciudadanos xochimilquenses para que se rescate de una vez por todas, con la intervención de las instancias competentes del gobierno de la ciudad y del INAH, la zona arqueológica y centro ceremonial de Cuahuilama, cuando uno esperaría, así en automático, que esa labor la desarrollara como parte sustantiva de sus trabajos el gobierno delegacional.
Donde yo pienso que las políticas culturales, programas y acciones en Xochimilco han fallado continuamente, con excepciones aisladas, esporádicas y fugaces, es en ese más que mencioné y en el cual me centraré en esta oportunidad en aras de la brevedad.
Me refiero a las denominadas bellas artes. Si hoy me preguntan fuera de Xochimilco, ¿qué se hace de relevancia desde tu Delegación en lo relativo a la literatura, las artes escénicas, las artes plásticas y visuales, la música, las expresiones alternativas y la producción contemporánea en cada una de estas áreas? Mi respuesta es: casi nada. Hay algunas cosas muy aisladas, desconectadas entre sí, sin un sentido de conjunto y menos de verdadero provecho para los mismos artistas, intelectuales y creadores. Lo más valioso se fragua y se concreta desde la sociedad, a veces con el concurso del gobierno, a veces sin ello, y por lo regular sin que existan ni incentivos económicos ni de otra índole. Priva, como en casi todos los gobiernos, la percepción de que el amor al arte no se paga o es mal pagado. Que el arte y el pensamiento son algo tan noble, tan puro que no se debe manchar con el dinero ni cosas igual de corruptoras.

Priva asimismo la idea de que todo lo que se pinte, toque, actúe, escriba, lo que se publique; todo lo que pise un escenario, un foro, una biblioteca; todo lo que se monte en una galería, un museo, un teatro, una casa de cultura, es arte per se. Es decir, falta conocimiento, falta profundidad, falta rigor en la programación, en la elección de propuestas, en la selección de obras. No hablo de personas, repito: hablo de proyectos, obras, calidad. Los niveles de autocrítica y autoexigencia de nuestros funcionarios culturales, en general, no han dado para ofrecerle a los xochimilquenses bienes y servicios de primera. Así se desdeña la inteligencia y el buen gusto de miles de xochimilquenses y se pospone para un futuro que no llega la formación y consolidación de nuevos públicos. Tarea esta última que debe iniciarse desde las escuelas, en conjunto con maestros y padres de familia.

Mucho menos se estimula, recompensa y premia la obra redonda, o sea aquellos trabajos en el terreno de las artes o las ideas que hayan recibido el reconocimiento de especialistas o del público dentro y fuera de Xochimilco, trátese de jóvenes o autores con trayectoria. Por ende, no hay búsqueda de talentos entre nuestros niños y jóvenes, para encauzarlos, animarlos y apoyarlos. Como en la educación y en el deporte, entre más temprano se descubra un genio en las artes, más podemos enriquecer nuestro porvenir. Parafraseando a Octavio Paz (maestro de generaciones enteras cuyo décimo aniversario luctuoso espero que conmemoremos en Xochimilco en abril próximo), ¿quién nos dice que el Kafka, el Shakespeare, el López Velarde o el Borges del mañana no juega fútbol hoy entre el polvo de una chinampa devastada por su familia para subsistir o no anda pensativo caminando en el bosque de Santa Cecilia, trepando árboles, quizá inhalando cemento, buscándose a sí mismo sin encontrarse?

No tenemos pues una oferta cultural y artística digna para los públicos cautivos, a la altura de nuestra tradición, menos para el gran público. Es como si el talento y la imaginación de los xochimilcas se hubiera congelado en la época prehispánica, con aquel canto a Cuahuilama que publicamos hace 17 años en la revista Rescate a instancias de mi amigo Daniel Balanzario; o con la escultura y las artes utilitarias y decorativas que podemos admirar en el Museo Arqueológico; o en la Colonia con nuestras prodigiosas arquitectura y escultura y pintura religiosas. O como si luego de Pedro Ramírez del Castillo, Quirino Mendoza, Francisco Goitia o Fernando Celada se nos hubiera secado el seso –diría Cervantes- a quienes hacemos música, literatura o pintura. Ojo, no digo que así sea, digo que para nuestras autoridades es como si así fuera. Ante un entorno tan desfavorable el creador y el pensador no tienen más que o hacer su obra en la soledad y a contracorriente como siempre, sin un gobierno que lo entienda y acompañe en sus empresas, o buscar la hazaña de la gran obra a que todos aspiramos sin resignarse a esa condición, alzando la voz contra el establishment y exigiendo a sus autoridades y representantes que cumplan con sus obligaciones legales y morales en estas funciones y las demás que son nuestro derecho. ¿Cómo? Organizándonos de maneras como esta y demandando inteligente, civilizadamente políticas culturales de mayor calidad, audacia y eficacia, aportando ideas, reflexiones; sin temor a ejercer la crítica, sin temor a la discusión y la polémica. Se supone que somos la parte pensante de la sociedad, una especie de consciencia, que en momentos clave de México ha jugado un papel formador, decisivo, como factor de cambio. Esto es también innegable.

Quiero hacer un reconocimiento público, sincero, a la profesora Silvia Soriano que ha sabido escuchar y convencer al Jefe Delegacional para abrirnos las puertas del diálogo y los acuerdos con nuestros servidores. Y es apenas el comienzo de lo que todos deseamos sea una nueva etapa de proyectos y programas donde se conjuguen actores de la cultura y funcionarios; donde brille la pertinencia, la necesidad y la inteligencia de las políticas culturales.

Retomo, ya para finalizar, mí tema: el paisaje de las bellas artes en el actual Xochimilco es triste, árido. Se necesitan programas que, para empezar, vinculen la cultura con la educación, para formar nuevos públicos, alentar a los niños y adolescentes con probadas vocaciones tempranas, apoyar a los maestros en lo referente a la educación artística, hoy inexistente; se necesitan programas que vinculen cultura y turismo, para capitalizar y difundir mejor nuestra poderosa y vivaz tradición y para conectarla con las nuevas expresiones, unir herencia y continuidad, asegurar el futuro de lo que tánto nos enorgullece; el arte que permanece, el arte que vale, como dice –otra vez- Octavio Paz, es el que se produce en un proceso de ruptura y continuidad con lo dado, lo preexistente; se necesitan programas que vinculen cultura y desarrollo económico, para encontrar los mecanismos de estímulo y apoyo a los creadores e investigadores xochimilquenses –como Rodolfo Cordero o Jaime Velasco Luján-, para fomentar empresas culturales –como la revista Xochimilco que dirige atinadamente y hace con sacrificios increíbles la maestra Ana María Sánchez Lujano-, para desarrollar proyectos interinstitucionales, para financiar programas donde converjan asociaciones o personas independientes con autoridades.

Hace falta traer a las figuras del arte mexicano y del mundo. Si podemos traer a la Sonora Dinamita, ¿no podemos traer con la misma inversión en un año a 20 o 30 figuras del mundo cultural y artístico?, a dar cursos, talleres, conferencias, recitales, lecturas, presentaciones; a organizar lo que no podamos o sepamos organizar aquí; a enseñarnos a elevar nuestro nivel de vida pública. Con esa misma inversión, ¿no podremos organizar un encuentro de poetas o músicos o escultores o dramaturgos de nivel nacional para escucharlos, aprender de ellos, entrar en contacto con ellos, enriquecer nuestras propias vivencias y experiencias creadoras y de paso relanzar la averiada imagen de Xochimilco urbi et orbi?

¿Alguien ha visto a Shakespeare en Xochimilco? A pesar de que se murió hace 4 siglos y medio nunca ha estado, su arte inmortal y universal quiero decir, entre nosotros, con nuestra gente de a pie, con el ciudadano común, cuya vida y espíritu tendrían una experiencia sin par, inolvidable, extraordinaria, para siempre. (Pensándolo mejor, tal vez vino en las representaciones de teatro en atril que nos mandó Alejandro Aura a principios del gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas y que auguraban, junto a otras cosas buenas de esa gestión, el inicio de una era de arte y cultura masivos en Xochimilco. Desafortunadamente, mi ilusión, que compartía con otros vecinos, compañeros y amigos, se desvaneció pronto.)

Las bellas artes también son cultura. Esto que suena a perogrullada, en Xochimilco es una frase necesaria. Al integrarlas de lleno, de fondo, a las políticas culturales, estaremos empezando a redondear el círculo con una mitad que les ha hecho falta quizá desde la época novohispana –no creo exagerar.

Termino con una serie de ideas concretas: realizar los sábados y/o domingos –como complemento a la oferta cultural y turística- un tianguis de artistas y otros actores culturales en el jardín principal; crear ya un programa editorial cuyos frutos liminares se vean este año, por ejemplo con el libro de poesía que se prometió como premio en la convocatoria al concurso celebrado el año pasado, promesa y premio no cumplidos, y en seguida una lista de libros indispensables que promuevan y divulguen con dignidad nuestro arte y cultura, nuestro patrimonio y tradición, nuestras creaciones pasadas y presentes; consolidar y perfeccionar el trabajo en nuestras bibliotecas públicas, dejar de subutilizarlas acondicionándolas más como espacios para las artes, y sobre todo recrear su vocación original, el fomento de la lectura y el libro; crear un área especializada de comunicación que difunda el trabajo de la Dirección de Cultura y nuestras riquezas y nuevos logros con mayor amplitud y detalle, dentro y fuera de la Delegación; integrar ya la comisión delegacional para los festejos del bicentenario y centenario y que se determine qué acciones culturales se llevarán a cabo para celebrar el 2010, sin que ello implique gastos suntuarios ni despilfarro sino todo lo contrario: más y mejores bienes y servicios culturales para los xochimilquenses; por último, “bajar” más y más recursos federales, del gobierno capitalino y privados para generar más y más vida cultural.

Texto presentado durante el Foro Xochimilco, Patrimonio de Todos, Tarea de Todos. Febrero 8 de 2008.

Por Alejandro González


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